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Charlemos

Un cómplice inocente…

Por Manuel Tiberio Bermúdez

Yo no lo he podido entender. En mi tierra montañera, Caicedonia, nos inventamos trofeos acordes con los pequeños sucesos de nuestra cotidianidad: al que se destaca le damos el carriel de oro, el zurriago de plata, el poncho bordado, las alpargatas trenzadas, o lo festejamos con nuestro plato típico: El Pollo a la carreta.


Pero aquí en Cali, desde que descargué una caja de cartón con mis pocas pertenencias y con muchas ganas de que la ciudad me conociera, no he podido entender cómo para homenajear a los toreros, esos oficiantes de la muerte y la crueldad, que se visten de luces y colores para ese repudiado ritual, les dan un trofeo que se llama “El señor de los cristales”.


Desde 1960, en un acto protocolario que convoca a los más refinados taurófilos y en una ceremonia especial se entrega y se celebra al matador de turno que por su gracia y pericia en el arte de mandar toros al otro mundo se ha ganado “El señor de los cristales”.


Por qué no escogieron, por ejemplo, como trofeo, El capote de luces; La banderilla de Oro; El estoque de plata etc., ¡vaya uno a saber. ¡Ironías de la vida!.


Y claro que lo que no entiendo es que hayan escogido al más violentado, al más sufrido, al más vilipendiado, al más humillado: El Cristo, representación del dolor y del sufrimiento, pero también del amor y de la humildad, para rendirle homenaje a la experticia para engañara a un animal y luego darle muerte en medio de los aplausos del respetable público que desde la creación del hombre, no se cansa de ver correr sangre, ya sea humana o animal. Estoy seguro, que “El señor de los cristales”, es un cómplice inocente”

 
     
 
 
     
     
     
 
 
 
 

 

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